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jueves, 8 de septiembre de 2011

Salvemos a la tele

No me gustan los documentales de La 2. Lo reconozco, lo de ver a los animales en la naturaleza tiene su gracia, pero estar durante varios minutos observando cómo una leona trata de cazar con una voz monótona relatando la gran hazaña me parece un aburrimiento. Pero con esto no quiero decir que la televisión no pueda ser educativa a la par que entretenida. De hecho, abogo porque así sea y considero que en los últimos años el contenido de la pequeña pantalla ha evolucionado dando un paso adelante en esa dirección. No sé si será por mi edad, por mis aficiones o porque realmente estamos viviendo una verdadera revolución, pero creo que al menos podemos apreciar un cambio.
Si bien es cierto que los programas de prensa rosa o amarillista están a la orden del día, que los informativos son cada vez menos objetivos y más sensacionalistas y que las audiencias se vuelven locas por la telebasura, veo motivos para el optimismo. Un ejemplo de ello son los realities. Gran Hermano cada vez tiene menos audiencia y la última edición de Operación Triunfo fracasó estrepitosamente. Fue una moda, los más fatalistas auguraban un futuro carente de privacidad y han tenido que reconocer que era una moda pasajera. Nos gustaron los realities porque sabíamos que era ficción y jugábamos a creérnoslo. Pero también nos cansamos.

Hoy día, el boom en la “tele” son los documentales. Y no los de animales de La 2 que decía al principio sino programas como “Españoles por el Mundo” (TVE), “¿Quién vive ahí?” (La Sexta) o “Callejeros” (Cuatro), que incluso rondan más el género de reportajes. Y el cambio es para bien. Vale que también serán una moda pasajera, pero las modas también reflejan al público que las sigue y yo no creo que sea lo mismo que nuestra televisión emita “Supervivientes” (Tele5) a que se programe “Super Nanny” (Actualmente Divinity), pues, aunque ambos pueden calificarse como realities, las distancias son abismales.

Con este post quería hacer una defensa a la televisión, que siempre es tan duramente criticada. A veces no nos damos cuenta de que, aunque haya que escarbar, tenemos algo potencialmente bueno entre manos. Las series son cada vez de mayor calidad, incluso en España poco a poco vamos evolucionando y aprendiendo. Cada vez hay más canales, yo hago un llamamiento para que no se hagan reproches indiscriminados a la pequeña pantalla, pues, como todos sabemos, la tecnología no tiene culpa de nada, sólo el uso que le demos. Ellos y nosotros.

domingo, 21 de agosto de 2011

Gato animado y vacaciones

 ¡Nos vamos de vacaciones! Así que os dejo con este curioso gato, que, aunque parezca de lo más normal, si pinchas encima, tiene sorpresa.

Feliz semana a todos y ¡nos vemos a la vuelta!

Esperemos que, para entonces, Madrid se haya calmado un poco de peregrinos, la JMJ, policía que se dedica a golpear sin sentido a cualquiera y, hasta con un poco de suerte, la crisis se habrá acabado y todo será fácil y sencillo para buscar trabajo. Por si esto no sucede, no os dejeis de pasar por aquí y poner vuestros comentarios y así compensar un poco la decepción ;)


P.D. El gato lo ha hecho Crislas, gracias por la cesión de los derechos (por cierto, si lees esto, tengo tu orla)

viernes, 19 de agosto de 2011

Escritora


Lucía caminaba deprisa. El frío de diciembre le hizo encogerse aún más y escondió la nariz detrás de la bufanda. Sacó la mano del bolsillo del abrigo que se le congeló antes de alcanzar el pomo de la puerta a pesar de que llevaba guantes. Entró rápidamente a la biblioteca y disfrutó durante unos segundos del calor del interior. Escuchó el silencio que le ofrecía la estancia. Le encantaban sus techos altos, su aire intelectual y algo renacentista. A esas horas, los estudiantes aún no habían asaltado las muchas mesas de madera y se respiraba un ambiente muy tranquilo. Se dirigió hacia una de las interminables estanterías que eligió al azar y paseó por entre los pasillos ojeando todos aquellos libros que le llamaban la atención. El color, el tamaño, la textura… incluso el olor. Leer era su pasión y pensó que después de 36 años de vida no conocía nada que se pudiera comparar a una buena novela. Una chica joven pasó a su lado y se le quedó mirando. Prosiguió con la lectura que había escogido. Una de intriga. Le encantaban las intrigas.  
Miró por la ventana y se dio cuenta de que había empezado a nevar. Le gustaba el blanco y pensó que sería precioso que todo se cubriera de ese color. Se dirigió al mostrador. Quería llevarse el libro que tenía en las manos y salir a disfrutar del espectáculo. El señor la sonrió mientras le cogía el carnet y le dijo que por qué se llevaba su propia novela. Lucía le devolvió la sonrisa y le sacó de su error. “¿No eres Lucía Alonso?” Le dijo que sí, pero que era casualidad y que era un apellido muy común. Él la miró extrañado pero sólo le recordó que tenía dos semanas para devolverlo mientras ella se marchaba abrochándose el abrigo.

Abrió la puerta y el aire helado le golpeó en la cara. Anduvo hasta el parque Miramar, apenas a unas manzanas de allí. Por el camino pensó en cómo era posible que el bibliotecario hubiera pecado de iluso con un nombre y un apellido tan normales. Se acercó al pequeño lago. Ya eran casi las 10 de la mañana y, a pesar del intenso frío, varias personas habían decidido salir a la calle a hacer sus recados o a ver cómo la nieve empezaba a cuajar en algunos árboles y jardines sin pisar. Una mujer de unos cuarenta y muchos miraba los patos y cuando vio a Lucía se acercó y le soltó una retahíla de palabras que apenas pudo procesar por la gran velocidad en que fueron pronunciadas: “Lucía…tu novela…la tele…fantástica…”
Lucía comenzaba a asustarse. Abrazó el libro que llevaba en las manos y salió corriendo. Se paró en una calle estrecha por la que no pasaban coches ni tampoco apenas gente. Apoyó su espalda en la pared y comenzó a leer con avidez las palabras y las frases del libro. Su aspecto debía de ser enfermizo, pero por más que lo intentó no recordó nada. Siguió andando en automático y mirando hacia los lados. Empezaba a darse cuenta de que no recordaba apenas nada de lo que había sucedido los días anteriores. Todo era confusión en su mente. No sabía quién era, ni a qué se dedicaba, ni dónde vivía, no sabía dónde iba. Se sentó en el suelo y metió la cabeza entre las manos. ¿Qué podía hacer? Alzó un poco los ojos y vio a un chico de su edad aproximadamente que la observaba desde arriba detrás de sus gafas. “Tú eres Lucía Alonso ¿verdad? La escritora”. Ella no sabía qué decir, por lo que se quedó mirándole un instante hasta que él se disculpó y siguió su camino, un poco avergonzado.  Lucía le siguió con la mirada mientras se marchaba por la calle.

Pasaron unos minutos y se dio cuenta de que sus manos empezaban a congelarse. ¿Qué hacía allí? No se acordaba por qué se había sentado. Cogió el libro que tenía en su regazo y se apresuró a llegar a la biblioteca. Tenía que ir a devolverlo o le pondrían una multa. Por el camino, una chica joven la miró descaradamente, como si la conociera. Lucía no le dio importancia y siguió su camino.

lunes, 15 de agosto de 2011

Bello


Movió unos milímetros el reloj de madera de arce que había en su mesita de noche. Le gustaba que cada objeto estuviera perfectamente colocado en su lugar. Abrió la parte de la izquierda del enorme armario de la habitación y eligió detenidamente una de las decenas de camisas blancas que poseía. Todas se encontraban colgadas y ordenadas por colores. En la parte inferior, los cajones escondían perfectamente colocados los distintos accesorios y complementos. Escogió unos bóxers, cinturón y pañuelo. Después deslizó un poco la puerta corrediza hasta dejarla a la mitad. En ese otro espacio se encontraban los pantalones, cada uno en una percha prendidos de la parte superior. El orden allí era sin duda intachable. Y en la parte inferior, dispuestos por pares, los zapatos aguardaban su turno de ser escogidos. Cerró su parte del armario, más allá ya estaban las cosas de María y aún no se atrevía a mirar. Se vistió de forma detenida y pulcra sentado en una cómoda banca a los pies de la cama de matrimonio. El gran espejo que tenía delante, en la puerta del gran armario, le permitía controlar cada uno de sus movimientos. Estiró la colcha blanca para que no quedara ni una arruga por el apoyo momentáneo de la ropa y salió al pasillo. Cogió una chaqueta del guardarropa que había allí y bajó las escaleras.
La cocina era una de las partes que más le gustaba de la casa. En forma rectangular, el centro estaba ocupado por una gran encimera de mármol gris con una cocina de tres fuegos. Alrededor había cuatro sillas altas para poder hacer un almuerzo rápido o para desayunar. A un lado, una buena cantidad de armarios escondía cualquier rastro de cacharro o comida, al otro, los electrodomésticos estaban totalmente camuflados. La tercera pared era un fregadero con cuatro griferías y, sobre esto, un gran ventanal al jardín desde el que se podía ver cuando hacía buen tiempo cómo se bañaban los niños.
Preparó el café de cada mañana y, aunque usó la cafetera pequeña como era habitual, le sobró la mitad. Con la taza en las manos se dirigió al salón, al que se accedía por una enorme bóveda que ocupaba casi por completo una de las paredes. Se sentó en uno de los lados de su sofá en forma de L y prendió el televisor. No tardó demasiado, sin embargo, en volver a apagarlo pues todas las noticias eran trágicas y él no quería escuchar nada así en esos momentos.
Las muertes de la televisión eran frías, sórdidas, violentas, sangrientas. Feas. ¿Por qué tenían que ofrecer imágenes tan desagradables de cuerpos mutilados, heridos? Él pensaba que si la “tele” ofreciera contenido más bello, el mundo sería muy diferente. La belleza era su gran obsesión. Trabajaba en un estudio de arquitectura y su labor consistía principalmente en eso, en crear, en decorar de la forma más hermosa posible. ¿Por qué la vida no podría ser así siempre? La naturaleza escondía mucha belleza pero en contrapunto también contenía mucho horror, ¿tan utópico y extraño resultaba querer un mundo que sólo conservara lo estético? Su casa era un reflejo de ese deseo. La había diseñado hacía tres años y todo era exactamente como él deseaba. Había pensado cada detalle, había medido y planificado cada rincón. Allí se había mudado con María, su esposa y allí habían tenido a los mellizos hacía casi dos años y medio. Ellos también eran ejemplo de su anhelo. Qué hermosos, qué lindos eran los tres, quería conservar ese recuerdo siempre.
Acabó el café y se dirigió de nuevo a la cocina por el mismo lugar por el que había venido. Hacía buen tiempo, así que abrió un poco las cristaleras y un viento cálido le golpeó en la cara al tiempo que se paraba unos segundos a disfrutar de las preciosas vistas. A lo lejos, las montañas ya habían perdido toda la nieve peso nada de su encanto, un poco más cerca, el pequeño pueblecito con sus tejados en forma de V al revés y luego, el gran jardín con piscina y la terraza con sus mesas y sillones. Posó la taza en el fregadero sin pararse a limpiarla. Debía irse o llegaría tarde. Pero antes de marcharse, decidió echar un último vistazo a su reciente obra de arte. La nevera estaba cubierta por una de esas puertas correderas de madera que tuvo que descorrer primero. Después la abrió suavemente y sonrió. Los tres estaban allí. Para siempre. Tan perfectos.

viernes, 12 de agosto de 2011

Ocho

La puerta principal se abrió y un viento helado se coló al interior durante unos segundos. El reloj de pared marcaba las 10 y 20 de la mañana. Era el primer cliente del día. Atravesó el viejo suelo de baldosas blancas y negras en unos pocos pasos. Era un local pequeño, un poco oscuro, con tres sillas pegadas a la pared para esperar. Al frente, un gran espejo ocupaba gran parte del espacio junto con una gran mesa de madera y mármol con una cajonera. Diversos artilugios se disponían sobre la misma: una palangana vacía, unas brochas, dos peines, algunos frascos a medio usar… La barbería conservaba incluso dos sillones anticuados que habían sido reformados pero que aún reflejaban ese estilo un poco anticuado que se apreciaba en todo el salón.

André aún tardó unos minutos en terminar de limpiar todos sus utensilios, pues, aunque lo hacía de forma ágil, poseía esa necesidad de perfección que obsesionaba a todos los de su profesión. Llevaba pantalones marrones y una sobrecamisa blanca. No era muy conversador, pero desde que había visto entrar a Mariano se había sentido contento. Era la octava semana consecutiva que acudía a su negocio. Su octava visita. Hizo que se sentara en el sofá y preparó con cuidado la espuma mientras comentaba con el hombre los resultados de las últimas reformas que había hecho el alcalde en la plaza del ayuntamiento. La suya era una ocupación poco valorada y sólo mantenida en algunos pueblos pequeños como aquel. Abrió un cajón en el que estaban alineadas un buen número de navajas y las observó durante unos segundos eligiendo una de tamaño mediano y mango negro. La desplegó con mucho cuidado después de untarle el mejunje en la cara hasta que quedó completamente cubierta. Con movimientos precisos, hizo que la navaja eliminara cualquier rastro de vello hasta que, cuando apenas quedaban unas pocas pasadas, la hundió un poco más de lo preciso en el cuello y mató al hombre.

 Cuando André abrió la puerta del almacén, un fuerte olor a podrido inundó el ambiente por lo que se instó a sí mismo a no demorarse en arrojar dentro el cuerpo y volver al trabajo. Todos eran números ocho.

martes, 9 de agosto de 2011

Gemelos idénticos

Masticó despacio el último trozo de la tarta de manzana y posó con cuidado el tenedor en la mesa. Pensó que aún tenía un poco de tiempo para llegar a la oficina, así que se reclinó en el respaldo de la silla de madera y cerró unos segundos los ojos. El local era pequeño y ruidoso, con un buen puñado de gente que engullía sus menús del día monótonamente. Ella estaba sola aquella tarde porque su amiga Mónica, que trabajaba en un cubículo gemelo al suyo, tenía cita con el médico.
Estaba cansada, pensó, pero igual se levantó y se puso a andar en dirección a la calle Antusana, a menos de tres manzanas del restaurante. De camino, llamó a Ernesto, con el que apenas cruzó unas palabras, porque el chico le cortó, argumentando que no tenía tiempo para dar explicaciones y colgó. Era un chico complicado, pero Marisa pensaba que era muy bueno, pronto encontraría su lugar en la vida y entonces dejaría de tener ese caracter que mostraba ahora a veces, arisco y poco amigable. Llegó al edificio unos minutos antes de las tres y pasó la tarde envuelta entre papeles.
De vuelta a casa, el atasco la atrapó hasta casi las seis. Suerte que ya no tenía niños pequeños, unos pocos años antes, habría tenido que hacer el recorrido por las clases extraescolares sin poder pasar por casa a cambiarse y luego volver corriendo para empezar el ritual de los deberes y las duchas de los gemelos. Pero ellos tenían casi 19 y a pesar de lo iguales que eran físicamente, Óscar estudiaba desde hacía unos meses en una universidad del sur de Francia gracias a una beca que había conseguido por el club de baloncesto y ya ni siquiera vivía con ellos. Siempre había sabido que quería estudiar Cine. No, los hermanos no podrían ser más diferentes, Ernesto aún no tenía muy claro lo que quería hacer. Había empezado Letras y pronto se dio cuenta de que no era lo que quería, o eso decía él. No había terminado primero cuando lo dejó y ahora esperaba el fin de curso para poder matricularse en otra cosa. Seguramente estaría en casa, como cada día. Abrió la puerta de la casa pero no escuchó a nadie. Se asomó a la habitación de Ernesto y encontró las luces apagadas y al chico durmiendo la siesta. Menudas horas, pensó, pero le dio un beso, al que éste reaccionó revolviéndose, molesto.
Después de cambiarse, Marisa entró en automático a la cocina y terminó de meter un par de platos sucios en el lavavajillas. Miró su muñeca, las 6 y 45. Iba a preparar la cena y la comida del día siguiente de Ernesto, que era el único que comía en casa ahora. Le gustaba su cocina, hacía poco que la había cambiado los muebles y la había pintado. Estaba especialmente orgullosa del mueble del fondo, que tenía una puerta corredera y en el cual se encontraban meticulosamente ordenados sus utensilios de cocina, sobre todo sus cuchillos, que había comprado durante un viaje a Roma y que le encantaban. Se ocupó durante un rato entre sartenes y cazos y de pronto escuchó un portazo en la puerta de casa. El chico debía de haber salido, pero era imposible que no hubiera escuchado a su madre cocinar. Después de un rato notó que le faltaba perejil y cogió el monedero del bolso dispuesta a bajar a comprarlo en el súper de la esquina. Cuando llegó a la calle, el viento frío le golpeó en la cara y trató de esconderse por detrás de la cazadora. Aún era otoño, pero a esas horas ya comenzaba a refrescar.
Dirigió decidida sus pasos pero a medio camino la sorprendió ver a Ernesto entrar solo por la puerta de un local oscuro y en apariencia cerrado. Había mirado hacia atrás antes de traspasar la entrada pero por suerte no la había visto. Su hijito. ¿Qué estaría haciendo allí? Dudó unos segundos, pero al final la curiosidad hizo que empujara levemente la puerta por la que el chico había entrado Sorprendentemente ésta cedió, parecía que la habían cerrado con llave por dentro sin darse cuenta de que tenía un defecto en la parte de abajo y no terminaba de encajar. Tardó unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad y después vio el largo pasillo que tenía ante ella. Escuchó un golpe y buscó donde esconderse. A falta de algo mejor, se pegó a la pared y avanzó hacia una puerta al fondo del pasadizo. Salía una luz tenue y cuando se acercó se dio cuenta de que estaba entornada. Se asomó en silencio y pudo ver entonces a un hombre grande y fornido con el rostro cubierto de sudor y sangre, le costó reconocerle. Una mujer estaba tendida sobre una mesa vieja y manchada también de rojo. Ernesto tenía en sus manos un gran cuchillo de cocina. Tardó unos segundos en darse cuenta de que era uno de los de su colección.

domingo, 7 de agosto de 2011

Luna llena

Te quiero. Te quería. No sé. Ya casi ni puedo acordarme de cuando te conocí. Estabas tan guapa ¿te acuerdas? Ya hace casi un año. Llevabas esa camiseta azul de rayas que siempre me gustó tanto y que acabó tan mal la otra noche. Y tu falda. Y me saludaste. ¡A mí! Qué me habrá visto, pensaba yo. Iluso. Te invité a una cerveza, que poco sexy ¿no crees? Pero tú no querías una copa, dijiste que sonaría a tópico si lo contáramos en nuestra boda. Yo pensé que era un atrevimiento, pero al final llamaría al teléfono que dejaste apuntado junto a tu nombre en el papelito que metiste discretamente en el bolsillo de mi pantalón. Luna. Y decía yo que menudo nombre para una mujer de tu carácter. Porque luego te conocí, y me conociste y nos conocimos.        … ¿Es tan difícil conocer a alguien? Hola, mi nombre es Pascual y soy publicista ¿y tú? No sé, yo lo veo así, pero qué voy yo a opinar si tú has sido mi segunda pareja. Y yo también la tuya. Menuda casualidad, es el destino, esto tiene que ser algo que estaba escrito.             Y pasó el tiempo y bueno, ni bien ni mal, estábamos juntos, nos mudamos juntos, dormimos juntos. Y después que necesitas tu espacio y te fue fácil ocultármelo durante un tiempo. Pero qué esperabas. Y la noche del 23 que te da por confesármelo. Y yo que me río y pongo cara de que no me lo creo. Y tú que me lo quieres demostrar.      Así que el 24 me ves en el bosque esperando contigo a que suceda algo que no entendía. Y llevabas la camiseta azul de rayas. Y yo que te digo lo bonita que estás, y tú que sonríes. Y las 12 que se acercan mientras te pones cada vez más nerviosa. Y tú que te pones a cuatro patas y rompes la ropa. Y yo que te miro sin reconocerte. Y tú que no eres tú. Y yo… que sí, que miro la luna y esta noche está llena.