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jueves, 8 de septiembre de 2011

Salvemos a la tele

No me gustan los documentales de La 2. Lo reconozco, lo de ver a los animales en la naturaleza tiene su gracia, pero estar durante varios minutos observando cómo una leona trata de cazar con una voz monótona relatando la gran hazaña me parece un aburrimiento. Pero con esto no quiero decir que la televisión no pueda ser educativa a la par que entretenida. De hecho, abogo porque así sea y considero que en los últimos años el contenido de la pequeña pantalla ha evolucionado dando un paso adelante en esa dirección. No sé si será por mi edad, por mis aficiones o porque realmente estamos viviendo una verdadera revolución, pero creo que al menos podemos apreciar un cambio.
Si bien es cierto que los programas de prensa rosa o amarillista están a la orden del día, que los informativos son cada vez menos objetivos y más sensacionalistas y que las audiencias se vuelven locas por la telebasura, veo motivos para el optimismo. Un ejemplo de ello son los realities. Gran Hermano cada vez tiene menos audiencia y la última edición de Operación Triunfo fracasó estrepitosamente. Fue una moda, los más fatalistas auguraban un futuro carente de privacidad y han tenido que reconocer que era una moda pasajera. Nos gustaron los realities porque sabíamos que era ficción y jugábamos a creérnoslo. Pero también nos cansamos.

Hoy día, el boom en la “tele” son los documentales. Y no los de animales de La 2 que decía al principio sino programas como “Españoles por el Mundo” (TVE), “¿Quién vive ahí?” (La Sexta) o “Callejeros” (Cuatro), que incluso rondan más el género de reportajes. Y el cambio es para bien. Vale que también serán una moda pasajera, pero las modas también reflejan al público que las sigue y yo no creo que sea lo mismo que nuestra televisión emita “Supervivientes” (Tele5) a que se programe “Super Nanny” (Actualmente Divinity), pues, aunque ambos pueden calificarse como realities, las distancias son abismales.

Con este post quería hacer una defensa a la televisión, que siempre es tan duramente criticada. A veces no nos damos cuenta de que, aunque haya que escarbar, tenemos algo potencialmente bueno entre manos. Las series son cada vez de mayor calidad, incluso en España poco a poco vamos evolucionando y aprendiendo. Cada vez hay más canales, yo hago un llamamiento para que no se hagan reproches indiscriminados a la pequeña pantalla, pues, como todos sabemos, la tecnología no tiene culpa de nada, sólo el uso que le demos. Ellos y nosotros.

domingo, 21 de agosto de 2011

Gato animado y vacaciones

 ¡Nos vamos de vacaciones! Así que os dejo con este curioso gato, que, aunque parezca de lo más normal, si pinchas encima, tiene sorpresa.

Feliz semana a todos y ¡nos vemos a la vuelta!

Esperemos que, para entonces, Madrid se haya calmado un poco de peregrinos, la JMJ, policía que se dedica a golpear sin sentido a cualquiera y, hasta con un poco de suerte, la crisis se habrá acabado y todo será fácil y sencillo para buscar trabajo. Por si esto no sucede, no os dejeis de pasar por aquí y poner vuestros comentarios y así compensar un poco la decepción ;)


P.D. El gato lo ha hecho Crislas, gracias por la cesión de los derechos (por cierto, si lees esto, tengo tu orla)

viernes, 19 de agosto de 2011

Escritora


Lucía caminaba deprisa. El frío de diciembre le hizo encogerse aún más y escondió la nariz detrás de la bufanda. Sacó la mano del bolsillo del abrigo que se le congeló antes de alcanzar el pomo de la puerta a pesar de que llevaba guantes. Entró rápidamente a la biblioteca y disfrutó durante unos segundos del calor del interior. Escuchó el silencio que le ofrecía la estancia. Le encantaban sus techos altos, su aire intelectual y algo renacentista. A esas horas, los estudiantes aún no habían asaltado las muchas mesas de madera y se respiraba un ambiente muy tranquilo. Se dirigió hacia una de las interminables estanterías que eligió al azar y paseó por entre los pasillos ojeando todos aquellos libros que le llamaban la atención. El color, el tamaño, la textura… incluso el olor. Leer era su pasión y pensó que después de 36 años de vida no conocía nada que se pudiera comparar a una buena novela. Una chica joven pasó a su lado y se le quedó mirando. Prosiguió con la lectura que había escogido. Una de intriga. Le encantaban las intrigas.  
Miró por la ventana y se dio cuenta de que había empezado a nevar. Le gustaba el blanco y pensó que sería precioso que todo se cubriera de ese color. Se dirigió al mostrador. Quería llevarse el libro que tenía en las manos y salir a disfrutar del espectáculo. El señor la sonrió mientras le cogía el carnet y le dijo que por qué se llevaba su propia novela. Lucía le devolvió la sonrisa y le sacó de su error. “¿No eres Lucía Alonso?” Le dijo que sí, pero que era casualidad y que era un apellido muy común. Él la miró extrañado pero sólo le recordó que tenía dos semanas para devolverlo mientras ella se marchaba abrochándose el abrigo.

Abrió la puerta y el aire helado le golpeó en la cara. Anduvo hasta el parque Miramar, apenas a unas manzanas de allí. Por el camino pensó en cómo era posible que el bibliotecario hubiera pecado de iluso con un nombre y un apellido tan normales. Se acercó al pequeño lago. Ya eran casi las 10 de la mañana y, a pesar del intenso frío, varias personas habían decidido salir a la calle a hacer sus recados o a ver cómo la nieve empezaba a cuajar en algunos árboles y jardines sin pisar. Una mujer de unos cuarenta y muchos miraba los patos y cuando vio a Lucía se acercó y le soltó una retahíla de palabras que apenas pudo procesar por la gran velocidad en que fueron pronunciadas: “Lucía…tu novela…la tele…fantástica…”
Lucía comenzaba a asustarse. Abrazó el libro que llevaba en las manos y salió corriendo. Se paró en una calle estrecha por la que no pasaban coches ni tampoco apenas gente. Apoyó su espalda en la pared y comenzó a leer con avidez las palabras y las frases del libro. Su aspecto debía de ser enfermizo, pero por más que lo intentó no recordó nada. Siguió andando en automático y mirando hacia los lados. Empezaba a darse cuenta de que no recordaba apenas nada de lo que había sucedido los días anteriores. Todo era confusión en su mente. No sabía quién era, ni a qué se dedicaba, ni dónde vivía, no sabía dónde iba. Se sentó en el suelo y metió la cabeza entre las manos. ¿Qué podía hacer? Alzó un poco los ojos y vio a un chico de su edad aproximadamente que la observaba desde arriba detrás de sus gafas. “Tú eres Lucía Alonso ¿verdad? La escritora”. Ella no sabía qué decir, por lo que se quedó mirándole un instante hasta que él se disculpó y siguió su camino, un poco avergonzado.  Lucía le siguió con la mirada mientras se marchaba por la calle.

Pasaron unos minutos y se dio cuenta de que sus manos empezaban a congelarse. ¿Qué hacía allí? No se acordaba por qué se había sentado. Cogió el libro que tenía en su regazo y se apresuró a llegar a la biblioteca. Tenía que ir a devolverlo o le pondrían una multa. Por el camino, una chica joven la miró descaradamente, como si la conociera. Lucía no le dio importancia y siguió su camino.

lunes, 15 de agosto de 2011

Bello


Movió unos milímetros el reloj de madera de arce que había en su mesita de noche. Le gustaba que cada objeto estuviera perfectamente colocado en su lugar. Abrió la parte de la izquierda del enorme armario de la habitación y eligió detenidamente una de las decenas de camisas blancas que poseía. Todas se encontraban colgadas y ordenadas por colores. En la parte inferior, los cajones escondían perfectamente colocados los distintos accesorios y complementos. Escogió unos bóxers, cinturón y pañuelo. Después deslizó un poco la puerta corrediza hasta dejarla a la mitad. En ese otro espacio se encontraban los pantalones, cada uno en una percha prendidos de la parte superior. El orden allí era sin duda intachable. Y en la parte inferior, dispuestos por pares, los zapatos aguardaban su turno de ser escogidos. Cerró su parte del armario, más allá ya estaban las cosas de María y aún no se atrevía a mirar. Se vistió de forma detenida y pulcra sentado en una cómoda banca a los pies de la cama de matrimonio. El gran espejo que tenía delante, en la puerta del gran armario, le permitía controlar cada uno de sus movimientos. Estiró la colcha blanca para que no quedara ni una arruga por el apoyo momentáneo de la ropa y salió al pasillo. Cogió una chaqueta del guardarropa que había allí y bajó las escaleras.
La cocina era una de las partes que más le gustaba de la casa. En forma rectangular, el centro estaba ocupado por una gran encimera de mármol gris con una cocina de tres fuegos. Alrededor había cuatro sillas altas para poder hacer un almuerzo rápido o para desayunar. A un lado, una buena cantidad de armarios escondía cualquier rastro de cacharro o comida, al otro, los electrodomésticos estaban totalmente camuflados. La tercera pared era un fregadero con cuatro griferías y, sobre esto, un gran ventanal al jardín desde el que se podía ver cuando hacía buen tiempo cómo se bañaban los niños.
Preparó el café de cada mañana y, aunque usó la cafetera pequeña como era habitual, le sobró la mitad. Con la taza en las manos se dirigió al salón, al que se accedía por una enorme bóveda que ocupaba casi por completo una de las paredes. Se sentó en uno de los lados de su sofá en forma de L y prendió el televisor. No tardó demasiado, sin embargo, en volver a apagarlo pues todas las noticias eran trágicas y él no quería escuchar nada así en esos momentos.
Las muertes de la televisión eran frías, sórdidas, violentas, sangrientas. Feas. ¿Por qué tenían que ofrecer imágenes tan desagradables de cuerpos mutilados, heridos? Él pensaba que si la “tele” ofreciera contenido más bello, el mundo sería muy diferente. La belleza era su gran obsesión. Trabajaba en un estudio de arquitectura y su labor consistía principalmente en eso, en crear, en decorar de la forma más hermosa posible. ¿Por qué la vida no podría ser así siempre? La naturaleza escondía mucha belleza pero en contrapunto también contenía mucho horror, ¿tan utópico y extraño resultaba querer un mundo que sólo conservara lo estético? Su casa era un reflejo de ese deseo. La había diseñado hacía tres años y todo era exactamente como él deseaba. Había pensado cada detalle, había medido y planificado cada rincón. Allí se había mudado con María, su esposa y allí habían tenido a los mellizos hacía casi dos años y medio. Ellos también eran ejemplo de su anhelo. Qué hermosos, qué lindos eran los tres, quería conservar ese recuerdo siempre.
Acabó el café y se dirigió de nuevo a la cocina por el mismo lugar por el que había venido. Hacía buen tiempo, así que abrió un poco las cristaleras y un viento cálido le golpeó en la cara al tiempo que se paraba unos segundos a disfrutar de las preciosas vistas. A lo lejos, las montañas ya habían perdido toda la nieve peso nada de su encanto, un poco más cerca, el pequeño pueblecito con sus tejados en forma de V al revés y luego, el gran jardín con piscina y la terraza con sus mesas y sillones. Posó la taza en el fregadero sin pararse a limpiarla. Debía irse o llegaría tarde. Pero antes de marcharse, decidió echar un último vistazo a su reciente obra de arte. La nevera estaba cubierta por una de esas puertas correderas de madera que tuvo que descorrer primero. Después la abrió suavemente y sonrió. Los tres estaban allí. Para siempre. Tan perfectos.

viernes, 12 de agosto de 2011

Ocho

La puerta principal se abrió y un viento helado se coló al interior durante unos segundos. El reloj de pared marcaba las 10 y 20 de la mañana. Era el primer cliente del día. Atravesó el viejo suelo de baldosas blancas y negras en unos pocos pasos. Era un local pequeño, un poco oscuro, con tres sillas pegadas a la pared para esperar. Al frente, un gran espejo ocupaba gran parte del espacio junto con una gran mesa de madera y mármol con una cajonera. Diversos artilugios se disponían sobre la misma: una palangana vacía, unas brochas, dos peines, algunos frascos a medio usar… La barbería conservaba incluso dos sillones anticuados que habían sido reformados pero que aún reflejaban ese estilo un poco anticuado que se apreciaba en todo el salón.

André aún tardó unos minutos en terminar de limpiar todos sus utensilios, pues, aunque lo hacía de forma ágil, poseía esa necesidad de perfección que obsesionaba a todos los de su profesión. Llevaba pantalones marrones y una sobrecamisa blanca. No era muy conversador, pero desde que había visto entrar a Mariano se había sentido contento. Era la octava semana consecutiva que acudía a su negocio. Su octava visita. Hizo que se sentara en el sofá y preparó con cuidado la espuma mientras comentaba con el hombre los resultados de las últimas reformas que había hecho el alcalde en la plaza del ayuntamiento. La suya era una ocupación poco valorada y sólo mantenida en algunos pueblos pequeños como aquel. Abrió un cajón en el que estaban alineadas un buen número de navajas y las observó durante unos segundos eligiendo una de tamaño mediano y mango negro. La desplegó con mucho cuidado después de untarle el mejunje en la cara hasta que quedó completamente cubierta. Con movimientos precisos, hizo que la navaja eliminara cualquier rastro de vello hasta que, cuando apenas quedaban unas pocas pasadas, la hundió un poco más de lo preciso en el cuello y mató al hombre.

 Cuando André abrió la puerta del almacén, un fuerte olor a podrido inundó el ambiente por lo que se instó a sí mismo a no demorarse en arrojar dentro el cuerpo y volver al trabajo. Todos eran números ocho.

martes, 9 de agosto de 2011

Gemelos idénticos

Masticó despacio el último trozo de la tarta de manzana y posó con cuidado el tenedor en la mesa. Pensó que aún tenía un poco de tiempo para llegar a la oficina, así que se reclinó en el respaldo de la silla de madera y cerró unos segundos los ojos. El local era pequeño y ruidoso, con un buen puñado de gente que engullía sus menús del día monótonamente. Ella estaba sola aquella tarde porque su amiga Mónica, que trabajaba en un cubículo gemelo al suyo, tenía cita con el médico.
Estaba cansada, pensó, pero igual se levantó y se puso a andar en dirección a la calle Antusana, a menos de tres manzanas del restaurante. De camino, llamó a Ernesto, con el que apenas cruzó unas palabras, porque el chico le cortó, argumentando que no tenía tiempo para dar explicaciones y colgó. Era un chico complicado, pero Marisa pensaba que era muy bueno, pronto encontraría su lugar en la vida y entonces dejaría de tener ese caracter que mostraba ahora a veces, arisco y poco amigable. Llegó al edificio unos minutos antes de las tres y pasó la tarde envuelta entre papeles.
De vuelta a casa, el atasco la atrapó hasta casi las seis. Suerte que ya no tenía niños pequeños, unos pocos años antes, habría tenido que hacer el recorrido por las clases extraescolares sin poder pasar por casa a cambiarse y luego volver corriendo para empezar el ritual de los deberes y las duchas de los gemelos. Pero ellos tenían casi 19 y a pesar de lo iguales que eran físicamente, Óscar estudiaba desde hacía unos meses en una universidad del sur de Francia gracias a una beca que había conseguido por el club de baloncesto y ya ni siquiera vivía con ellos. Siempre había sabido que quería estudiar Cine. No, los hermanos no podrían ser más diferentes, Ernesto aún no tenía muy claro lo que quería hacer. Había empezado Letras y pronto se dio cuenta de que no era lo que quería, o eso decía él. No había terminado primero cuando lo dejó y ahora esperaba el fin de curso para poder matricularse en otra cosa. Seguramente estaría en casa, como cada día. Abrió la puerta de la casa pero no escuchó a nadie. Se asomó a la habitación de Ernesto y encontró las luces apagadas y al chico durmiendo la siesta. Menudas horas, pensó, pero le dio un beso, al que éste reaccionó revolviéndose, molesto.
Después de cambiarse, Marisa entró en automático a la cocina y terminó de meter un par de platos sucios en el lavavajillas. Miró su muñeca, las 6 y 45. Iba a preparar la cena y la comida del día siguiente de Ernesto, que era el único que comía en casa ahora. Le gustaba su cocina, hacía poco que la había cambiado los muebles y la había pintado. Estaba especialmente orgullosa del mueble del fondo, que tenía una puerta corredera y en el cual se encontraban meticulosamente ordenados sus utensilios de cocina, sobre todo sus cuchillos, que había comprado durante un viaje a Roma y que le encantaban. Se ocupó durante un rato entre sartenes y cazos y de pronto escuchó un portazo en la puerta de casa. El chico debía de haber salido, pero era imposible que no hubiera escuchado a su madre cocinar. Después de un rato notó que le faltaba perejil y cogió el monedero del bolso dispuesta a bajar a comprarlo en el súper de la esquina. Cuando llegó a la calle, el viento frío le golpeó en la cara y trató de esconderse por detrás de la cazadora. Aún era otoño, pero a esas horas ya comenzaba a refrescar.
Dirigió decidida sus pasos pero a medio camino la sorprendió ver a Ernesto entrar solo por la puerta de un local oscuro y en apariencia cerrado. Había mirado hacia atrás antes de traspasar la entrada pero por suerte no la había visto. Su hijito. ¿Qué estaría haciendo allí? Dudó unos segundos, pero al final la curiosidad hizo que empujara levemente la puerta por la que el chico había entrado Sorprendentemente ésta cedió, parecía que la habían cerrado con llave por dentro sin darse cuenta de que tenía un defecto en la parte de abajo y no terminaba de encajar. Tardó unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad y después vio el largo pasillo que tenía ante ella. Escuchó un golpe y buscó donde esconderse. A falta de algo mejor, se pegó a la pared y avanzó hacia una puerta al fondo del pasadizo. Salía una luz tenue y cuando se acercó se dio cuenta de que estaba entornada. Se asomó en silencio y pudo ver entonces a un hombre grande y fornido con el rostro cubierto de sudor y sangre, le costó reconocerle. Una mujer estaba tendida sobre una mesa vieja y manchada también de rojo. Ernesto tenía en sus manos un gran cuchillo de cocina. Tardó unos segundos en darse cuenta de que era uno de los de su colección.

domingo, 7 de agosto de 2011

Luna llena

Te quiero. Te quería. No sé. Ya casi ni puedo acordarme de cuando te conocí. Estabas tan guapa ¿te acuerdas? Ya hace casi un año. Llevabas esa camiseta azul de rayas que siempre me gustó tanto y que acabó tan mal la otra noche. Y tu falda. Y me saludaste. ¡A mí! Qué me habrá visto, pensaba yo. Iluso. Te invité a una cerveza, que poco sexy ¿no crees? Pero tú no querías una copa, dijiste que sonaría a tópico si lo contáramos en nuestra boda. Yo pensé que era un atrevimiento, pero al final llamaría al teléfono que dejaste apuntado junto a tu nombre en el papelito que metiste discretamente en el bolsillo de mi pantalón. Luna. Y decía yo que menudo nombre para una mujer de tu carácter. Porque luego te conocí, y me conociste y nos conocimos.        … ¿Es tan difícil conocer a alguien? Hola, mi nombre es Pascual y soy publicista ¿y tú? No sé, yo lo veo así, pero qué voy yo a opinar si tú has sido mi segunda pareja. Y yo también la tuya. Menuda casualidad, es el destino, esto tiene que ser algo que estaba escrito.             Y pasó el tiempo y bueno, ni bien ni mal, estábamos juntos, nos mudamos juntos, dormimos juntos. Y después que necesitas tu espacio y te fue fácil ocultármelo durante un tiempo. Pero qué esperabas. Y la noche del 23 que te da por confesármelo. Y yo que me río y pongo cara de que no me lo creo. Y tú que me lo quieres demostrar.      Así que el 24 me ves en el bosque esperando contigo a que suceda algo que no entendía. Y llevabas la camiseta azul de rayas. Y yo que te digo lo bonita que estás, y tú que sonríes. Y las 12 que se acercan mientras te pones cada vez más nerviosa. Y tú que te pones a cuatro patas y rompes la ropa. Y yo que te miro sin reconocerte. Y tú que no eres tú. Y yo… que sí, que miro la luna y esta noche está llena.

sábado, 6 de agosto de 2011

Desde mi celda

Lo primero que recuerdo cuando pienso en aquellos días es el olor a café recién hecho por las mañanas. Me despertaba temprano, burlando el calor, y salía a correr junto a Toro, un perro grande y bonachón de raza indeterminada. A veces, se tumbaba en mitad del camino y era complicado convencerle de que se levantara para poder volver a casa.
No eran más de las 9 cuando llegábamos. Desde lejos se veía el gran ventanal del salón, que ya solía estar abierto para que pudiera entrar aire en la casa. Entonces el olor lo inundaba todo. Me quitaba las zapatillas en la puerta y entraba deprisa en busca del café. Esa mañana me crucé con María, que había terminado en la cocina y limpiaba el enorme jarrón que había en la entrada. Me saludó, como siempre, haciendo demasiadas ceremonias.
Después del desayuno, solía ducharme y leía el periódico o hacía algún crucigrama. El verano se preveía largo y además Ana se había tenido que quedar a última hora en Madrid a trabajar, por lo que en la casa sólo estábamos la asistenta y yo. A veces, el día se tornaba eterno, yo no conocía a nadie allí, pues la casa era de los padres de mi novia e iba a ser ese año cuando ella me presentara a sus amigos, a los que, según decía, siempre enseñaba fotos nuestras y estaban deseando conocerme en persona. Poco más de una semana después todo estaba tan limpio que encontré a María buscando algo que hacer sin mucho éxito. Le pregunté si le apetecía ir al cine y, a pesar de su timidez, logró asentir con la cabeza. Era muy joven, le echaba unos 19 años y había contado que venía de Soria.

Cuando estábamos a punto de salir, vi que la chica llevaba la misma ropa que en la mañana. Le pregunté si aún no estaba lista y me dijo que sí, que ya se había duchado. Me quedé pensando y recordé que Ana tenía algunos vestidos que siempre dejaba en el armario de la habitación. Aunque nunca entendí muy bien esa costumbre, me dirigí hacia allí y cogí uno que pensé que le podría valer a María. Lo aceptó a regañadientes, pero diez minutos más tarde salíamos por la puerta.

A partir de entonces, casi todas las tardes íbamos a algún sitio: cenábamos en el puerto o tomábamos algo en el paseo. El pueblo no era muy grande por lo que solía haber un buen ambiente en los restaurantes y cafeterías, que se llenaban sin estar abarrotados. Yo elegía cada día un vestido de Ana y ella conseguía que a la mañana siguiente estuviera limpio y planchado. María estaba cada día más relajada y cuando la besé me devolvió el gesto sin pudor.
Habían pasado más de tres semanas desde entonces y aquella tarde pensábamos coger el coche y llegar hasta un pueblo alejado de la costa que encontramos por internet. Recuerdo que Toro ladraba roncamente mientras yo desayunaba. Cuando acabé el café y subí a ducharme, tropecé con el animal. Estaba tumbado en el hall de la entrada y miraba a María, cuyo cuerpo yacía inmóvil en el suelo. Tenía un golpe en la cabeza que sangraba mucho y a su lado estaba el jarrón que había estado limpiando esa mañana. Lo cogí buscando a mi alrededor algún rastro del asesino y dejando grabadas en sangre las huellas de mis dedos. Fue en ese momento que pude ver cómo Ana me miraba desde el marco de la puerta y luego se alejaba sin dejar mayor rastro de su presencia que sus ojos que me miraban acusadores.   

jueves, 4 de agosto de 2011

Ella

Llegaba pronto. Se bajó de la bici y la condujo por el manillar con ambas manos. La Plaza de España, rodeada de jardines, reunía esa tarde a una multitud de gente diversa desafiando al frío de principios de diciembre. Una pareja se besaba en el jardín, mientras un grupo de adolescentes reía ruidosamente, una mujer paseaba a un perro grande y negro y dos viejos caminaban cogidos de la mano sin cruzar una palabra.

Suponía que tendría que esperar, pero ella estaba allí, sin atender a las leyes no escritas de las citas, por las que las chicas debían de hacerse un poco de rogar. Estaba junto a la farola, sosteniendo todo el peso de su cuerpo sobre un solo pie. La luz estaba encendida a pesar de que aún era temprano. Artificial y amarilla le iluminaba el perfil izquierdo mientras ella centraba toda su atención en un libro que sostenía entre las manos.

No le había visto y aprovechó el anonimato para observarla desde lejos. Vestía una cazadora gruesa y unos jeans. También una bufanda de color rojo y unas botas que le llegaban casi hasta las rodillas. Movía los píes rítmicamente tactactac, al son de una música que sólo escuchaba ella a través de unos cascos.

 Ya casi podía sentir sus labios rozando su boca rápidamente. Casi podía notar cómo le cogía de la mano, cómo le atusaba el pelo para colocárselo mejor. Casi la veía reírse graciosamente mientras cenaban en aquel italiano que sabía que tanto le gustaba. Casi podía disfrutar de aquel paseo después hasta la casa de él.

 Casi. Pero entonces llegó él. Tan alto, tan sonriente. Besó a la chica, la cogió por la cintura y juntos caminaron hasta que sus pasos se perdieron más allá de la calle Princesa.

martes, 2 de agosto de 2011

Fechorías

La luz del fuego iluminaba tenuemente la estancia pero no necesitaba más. Las llamas de la chimenea chisporroteaban rítmica y continuamente. El ambiente, por tanto, era cálido, a pesar de que fuera estaba helando y de que la habitación no era demasiado acogedora. Apenas una mesa y algunas sillas, acompañadas de un pequeño sofá cuyos muelles comenzaban a notarse y donde él estaba sentado en ese momento. Las paredes eran blancas pero estaban manchadas a la espera de una mano de pintura que nunca llegaba.

Dio una nueva calada a su pipa y se dejó embriagar por el sabor de su tabaco. Aquella noche se sentía joven, vital, pensó que podría hacer cualquier cosa que se propusiese. En días como ese, la edad no importaba. Sentía la fuerza de un león, la agilidad de un guepardo.  

En apenas una hora tendría que estar en la calle Magdalena. Había quedado allí con Marlon y Clark, alias que ellos mismos habían inventado, tratando de disimular lo rateros de pacotilla que eran en realidad. Él se hacía llamar Shark y se presumía como líder de la penosa banda. Esa noche, sin embargo, demostrarían de lo que eran capaces. Iban a entrar al Banco del pueblo y se llevarían todo lo que allí hubiera. Llevaban semanas planeando el golpe y nada podría salir mal. Tenían una copia de las llaves necesarias para entrar, habían calculado los tiempos para que no saltaran las alarmas e incluso tenían un plan para evitar ser vistos por las cámaras de vigilancia.

Lo único que lamentaba era dejar allí a la niña. Había valorado distintas opciones, pero no se atrevía a dejarla al cuidado de nadie por miedo a que se fueran de la lengua y mucho menos a llevarla consigo. A pesar de que la misión no entrañaba peligro alguno, no quería dejar nada al azar y el más mínimo error podría hacer que todo se viniera abajo.

Comenzaba a impacientarse porque el tiempo pasaba muy despacio y decidió ir a vestirse, esperando que las agujas del reloj hubieran avanzado algo a su vuelta. Salió al pasillo y notó como el frío penetraba en sus huesos. A pesar de todo, la edad no perdona, pensó. Aligeró el paso y llegó a una habitación pequeña, al fondo del pasillo, dejando a un lado la cocina, el minúsculo baño con apenas un retrete y una ducha y la habitación grande. Su alcoba tenía una sola cama de poco más de una plaza. Las sábanas estaban revueltas y tampoco el mobiliario ayudaba a dar a aquel cuarto un ambiente armónico. Una mesita de noche con una lamparita, un reloj despertador y decenas de papeles desordenados alrededor. Por lo demás, un armario con la madera ligeramente carcomida, una alfombra verde que sin duda hacía mucho que no había sido lavada, un espejo de cuerpo entero al que le faltaba una esquina y una silla con varios pantalones y jerseys por encima. Las paredes estaban prácticamente vacías a excepción de algún recorte de periódico disperso de algún que otro “triunfo”. Se dirigió al armario y sacó algunas prendas sin dudar demasiado. Volvió al salón y se vistió allí, agradeciendo de nuevo el calor en sus huesos, en los que de nuevo volvió a sentir los años que le pesaban.

Apenas hubo terminado, apagó el fuego de la chimenea y tan sólo la luz de la luna iluminó el salón. Casi era la hora de irse y pensó en la fechoría que iban a cometer esa noche. Nada podría pararle. Después de tantos años, de nuevo un banco. Casi podía sentir la adrenalina corriendo por sus venas. Cogió su abrigo. De repente escuchó ruidos en el pasillo. Se caló el gorro hasta las orejas intentando calmar los escalofríos que ya sentía, incluso sin haber abierto la puerta. Pero la voz, cantarina y chillona, era inconfundible y supo sin lugar a dudas que aquella noche no saldría.

-¡¡¡ABUEEEELOOOO!!! ¡¡¡Tengo mucho fríoooooooooooo!!!

sábado, 30 de julio de 2011

El Cuaderno de Maya

Aunque suelo ir todos los meses de junio, incluso cuando he estado en periodo de exámenes, este año me perdí la Feria del Libro de Madrid. Y no pudimos aprovechar para ver a Isabel Allende, que firmaba su último libro "El Cuaderno de Maya". Pero cuando cumplimos un mes de habernos casado me llegó la sorpresa y también firmada.

El Cuaderno de Maya es un libro de un estilo mucho más moderno y juvenil del que Allende nos tiene acostumbrados. No sólo porque se basa en la época actual e incorpora menciones a las nuevas tecnologías móviles y de internet, sino porque la protagonista es una chica muy joven que nos relata cómo ha sido su adolescencia.

Uno de los puntos fuertes de la novela es su manera de narrarla. Está escrita en forma de diario, en primera persona e intercala episodios del presente de Maya con algunos otros de meses atrás e incluso de su niñez y su infancia. Además, para hacer honor a su estilo, la escritora nos regala alguna que otra referencia histórica que resulta bastante acertada.

 Por otro lado, son muy destacables los personajes que aparecen a lo largo del relato. No sólo porque son entrañables y divertidos, sino porque además están realmente bien construidos y son bastante creíbles. Puedes imaginarte perfectamente la locura de la Nini, al solitario de Manuel o, mi favorito, al adorable Popo. Sólo por “conocerlos” merece la pena aventurarse a leer esta novela.

 ¿Algún pero? Bueno, supongo que para ser sinceros habría que decir que me costó un poco que me enganchara al principio de la lectura, pero muchas veces no sabes si eso se debe más bien al ritmo de la novela o a tus circunstancias personales, así que ni siquiera en ese sentido puedo aducir nada.  

En definitiva, un libro altamente recomendable para el verano, cuando siempre se tiene algo más de tiempo para los hobbies.

viernes, 29 de julio de 2011

Adios, Zapatero. Hola, ¿?

No ha sido una gran sorpresa en realidad, pero sí al menos nos ha hecho mirar el telediario de hoy o leer el periódico digital con un poco más de atención. Lejos quedaron los "Moody´s amenaza con..." o "La bolsa ha bajado durante toda la mañana...". Porque a estas frases ya nos hemos acostumbrado y casi las ignoramos por completo. Pero no, esta mañana nos hemos encontrado con grandes titulares y amplios tiempos dedicados a algo que realmente nos afecta a todos, aunque sólo sea por el hecho de que deberíamos ir a votar. 20N es la fecha elegida para las elecciones generales del país en lugar de celebrarse en marzo como estaba previsto. Y dejando de lado el simbolismo que tiene ese día y que a mi parecer es una mezcla de casualidades y si acaso una estrategia publicitaria, es importante plantearse que adelantar unas elecciones es algo que deberíamos considerar alarmante. Porque más allá de la incertidumbre que crea pensar que será el PP el que gobierne el año que viene, que ya es algo a considerar, saber que incluso el Presidente de tu país se rinde ante la crisis y poco menos que cede el poder a la oposición, eso sí que es como para preocuparse.

Ante eso, no deberíamos estar discutiendo si la decisión de Zapatero, tomada por la presión de su partido claramente, será positiva para el PSOE y su campaña o si por el contrario habría favorecido dar un poco más de tiempo hasta marzo y ver si las cosas mejoraban un poco y aumentaba así su credibilidad. Tampoco deberíamos preocuparnos por las reacciones de Rajoy al anuncio y cómo trata de ganarse los votos diciendo que gobernará desde el centro.Tenemos entre manos un problema mucho más serio que la eterna batalla PP-PSOE y lo peor es que parece que, de momento, no nos estamos dando cuenta.

miércoles, 27 de julio de 2011

Eso

El silencio inunda el pasillo. El pequeño suspira aliviado, sólo ha debido de ser una pesadilla. Continúa andando por el largo corredor que lleva hasta el baño. De pronto se para. Le ha parecido volver a escuchar la música. Aún es tenue pero el sonido es claro. Tiembla. Ya tiene casi 10 años, no tiene que tener miedo. Se tapa los oídos y sigue andando. El camino se hace más y más largo. La música comienza a sonar tan alto que es imposible ignorarla. Sabe de qué se trata. El pavor paraliza sus músculos. No puede ser otra cosa más que lo que imagina. Eso. Siente cómo el terror se apodera completamente de él. Trata de chillar pero su garganta emite un sonido seco. Le parece escuchar algo, un sonido familiar. Son los pasos de su hermano mayor. Le mira sorprendido. Le coge y le zarandea pero el pequeño tiembla y tirita descontroladamente. Sabe que Eso viene a por él y que ningún adulto puede ayudarle. Ni siquiera escucharán la música. Trata de correr pero una fuerza enorme se lo impide. Su hermano lo mira a escasos dos metros. Sin embargo parece separarles una distancia infinita. De pronto lo ve. Más bien lo siente. Y sabe que todo está perdido. No hay nada que pueda hacer. Y sin remedio acaba por rendirse y todo se vuelve negro.

martes, 26 de julio de 2011

Navidad en verano

-Mamá, y si vienen los Reyes en unos días, ¿por qué hay tantos papás comprando juguetes en las tiendas?

Es 29 de diciembre y los padres de Blanca y Jesús, de 8 y 5 años de edad respectivamente, les han llevado a ver las luces de Navidad del centro de la ciudad. A pesar del frío, ríos de gente se agolpan por las calles buscando el mejor regalo para sus familiares y amigos.

-Pues hija, porque serán los “cumples” de esos niños dentro de poco.

-Ahhh.

Blanca no parece muy convencida pero acepta la explicación sin más preguntas. Esto da un respiro a sus padres, que se esfuerzan desde hace días por mantener en su hija la ilusión por los Reyes Magos a pesar de los constantes interrogatorios de la niña. Y es que las últimas semanas han estado colmadas por un absoluto torbellino de preguntas: ¿Y si los Reyes son mágicos porque no traen regalos a los niños pobres? ¿Cómo consiguen llevar todo en una sola noche? ¿Y por dónde entran? ¿Es verdad que son los mismos que los que le trajeron los presentes a Jesús o serán sus bisbisbis nietos?

Un par de noches antes de Reyes, Blanca se levanta al baño de madrugada y decide entrar en la habitación de sus padres. Uno de los armarios está entreabierto y la pequeña tienta en la oscuridad hasta que encuentra la manija y lo abre completamente. Una pequeña luz se enciende y alumbra parte de la habitación. La madre se mueve levemente pero sigue dormida. Blanca suspira aliviada y continua con su juego detectivesco. Silenciosamente, arrastra una silla para alcanzar la parte más alta del maletero y por fin los ve. Son muchos, grandes, pequeños, cuadrados… Todos están perfectamente envueltos y con el nombre escrito en letras claras. Por fin ha descubierto el secreto. Orgullosa, se acuesta y, aunque le cuesta, vuelve a coger el sueño. A la mañana siguiente no puede esperar para contarles a sus padres lo que sabe:

-Mamá, papá, ya lo entiendo todo.

-¿De qué hablas, Blanca?

-Los Reyes, ya sé cuál es el “truco”.

-Ahh, ya hija verás…-responde la madre entrecortadamente.

-Que no, que no hace falta que me lo expliques, mamá. Los Reyes, como yo ya sabía, no pueden traer todos los juguetes la misma noche. Por eso, durante los días anteriores, van dejando en los armarios de los padres sin que nos demos cuenta los regalos y esa noche vienen y rápidamente los colocan debajo del árbol.

-¡Vaya, Blanca! ¡Eres muy lista, nos has pillado!-dice el padre visiblemente aliviado mientras termina de tomarse el zumo.-Pero no puedes volver a mirar el armario, porque si no los Reyes se dan cuenta y se vuelven a llevar los regalos.

domingo, 24 de julio de 2011

Soñé contigo

“Esta noche he soñado contigo” le dice él por segunda vez con sus ojos de chico tierno. Ella sonríe y afirma con la cabeza mientras teclea algo en su movil y de nuevo no responde. Él sigue a la carga y no contento con la reacción de la chica continúa “Estábamos en la playa, tú, yo, bueno, y más gente creo. El caso es que tú no querías bañarte, llevabas un biquini lila con florecitas blancas…”. “¿Lila?”- responde la chica- “¡Tú estás mal, tío, ¿tú crees que yo voy a llevar algo lila? ¡Ni de coña!”. Él se sonroja y trata de rectificar. “Bueno, no sé, a lo mejor era azul, no me acuerdo muy bien”. Ella guarda el móvil en la mochila, se la echa al hombro y se dispone a marcharse. “¿Ya te vas?” dice él decepcionado. La chica le mira y mira su reloj, “sí, sí, ya tengo que irme a comer, mañana nos vemos. Si a las 8 de la mañana tenemos que estar aquí otra vez, no me dirás que me vas a echar de menos ¿no?”. Él se sonroja tímidamente y emite un sonidito que pretende ser una risita que resulta algo forzada. “¿Qué vas a hacer esta tarde?” pregunta él en un intento desesperado de alargar los pocos minutos que sabe que le quedan a su lado. “Pues puedes imaginártelo, mañana tenemos examen de mates con la Sargento”. Cabizbajo se queda un segundo pensando que por mucho que estudie esa tarde nadie le libra de un buen suspenso en ese control. Ella vuelve a mirar su reloj pero el chico no se rinde y le interroga sobre sus planes del fin de semana. “Óscar, te he dicho mil veces que este fin de semana me tengo que ir con mis padres al pueblo, a veces no sé si no me escuchas o es que tienes una memoria de mosquito”. Frunce el ceño y le mira con cara de fastidio. Después se coloca la mochila y los cascos y le da un fugaz beso en la mejilla. Sin esperar más, comienza a caminar con pasos cortos pero rápidos y gráciles. Él se queda un segundo pensando en lo que ha pasado y suspira. En su interior no puede dejar de pensar que está enamorado.

sábado, 23 de julio de 2011

Vivir en Sociedad

Desde muy pequeños se nos inculca en la sociedad un sentido muy fuerte de pertenencia al grupo. Primero formamos parte de nuestra madre en el vientre, luego nacemos y vivimos con un papá, hermanos, abuelos, tíos, primos. La familia es el primer grupo de nuestra vida pero pronto hay muchos más. La escuela infantil, el colegio, los amigos. Es fácil descubrir sobre todo en edades tempranas que incluso el simple hecho de ser chicos o chicas ya implica en sí mismo un sentido de pertenencia muy fuerte.
 
Después crecemos y empezamos a decidir integrarnos en otras comunidades según nuestros hobbies y gustos personales. Somos seguidores de éste o aquel equipo de fútbol o baloncesto. Nos apuntamos a clubs de fans de cantantes o grupos musicales. Idolatramos a estrellas del deporte o la gran pantalla. Y buscamos compartir nuestro tiempo con aquellos que posean más gustos en común.

 Más tarde, incluso construimos nuestras identidades personales en función de identidades de grupo. Llevamos una cierta vestimenta, un cierto corte de pelo, escuchamos una música determinada y llevamos a cabo unas ciertas aficiones en común. Nuestra personalidad se forma según lo que algunos denominan “tribus urbanas”.

La misma vocación es otro motivo de sesgo. Hay colegios profesionales que potencian este tipo de sentimiento de grupo en algunos casos de forma muy elitista (con un sesgo más fuerte)

 Tenemos en nuestros monederos infinitas tarjetas que también son parte de nuestra necesidad de pertenencia a un determinado conjunto de personas: Carnet de la Biblioteca de Madrid, del Club Vips, o incluso el propio carnet de identidad, Tarjeta de Socio de Springfield, o de amigos de los gatos, Ficha de puntos de Yves Rocher, Billete descuento del Burguer King, Cupones para el Corte Inglés…

¿Y quién nos ha dicho que formar parte de un grupo sea bueno? ¿Lo hacemos sólo por no sentir que estamos solos? ¿O forma parte de una estrategia al estilo de las teorías de Darwin por las cuales el ser humano es más fuerte si vive en comunidad? Hay un experimento que valdría la pena reflexionar:

Se trata de dar una pelota a un grupo de niños de aproximadamente 15 niños. Les dices que el que tenga la pelota puede dar a cualquiera y matarlo. El que muere, se sienta y no podrá jugar a menos que alguien le tire la pelota y la coja. Normalmente, los niños no tenderán a matarse todos indiscriminadamente sino que, aunque algunos sí mueran, el juego no acabará porque irán salvándose unos a otros. Sin embargo, si haces dos grupos y les dices lo mismo, lo más probable es que uno de los grupos consiga matar al otro rápidamente y gane.

¿Por qué pasa eso? Porque el sentido de pertenecer a un grupo hace que quieran defenderse entre ellos en detrimento de todos los demás. ¿De qué sirve entonces pertenecer a un grupo y tener que defenderte si estando solos no habría ataques?

jueves, 21 de julio de 2011

Viejo

Cuando uno llega a cierta edad hay ciertos tópicos que se le presuponen. Mi nombre es Ángel y ayer cumplí 72 años. No soy abuelo, ninguno de mis dos hijos tuvo descendientes, siempre prefirieron viajar. Tampoco soy un cascarrabias ni me paso el día diciéndole a mi esposa lo que tiene que hacer.  No miro a los jóvenes con envidia ni les cuento mis batallitas en un deseo desesperado de encontrarme más cerca de esa edad. Lo cierto es que no tengo miedo a la muerte, llegará cuando me toque y no echo de menos mis años mozos pues los recuerdo con esa emoción del que fue feliz por tiempos pero no me gustaría volver allí. Una vida es suficiente para mí.

Vivo en Toledo desde hace ya más años de los que quiero recordar. Es un piso pequeño, oscuro y huele a viejo. La gente piensa que nosotros no percibimos ese olor a ungüentos y a pis, pero lo cierto es que nunca te acostumbras. Los muebles son de color roble, de esa que ya no se consigue tan fácilmente en tiendas modernas. Robustos, fuertes, así es cada mesa, cada velador e incluso la cama de matrimonio que he compartido con mi mujer desde el día que nos casamos, hace ahora 38 años. Y eso que me casé mayor.

Los viejos no podemos escapar de los estereotipos, al final esto no es sino otra batallita, otra historieta cualquiera de hijos tratando de deshacerse de padres. ¿Cómo lo llaman los chicos ahora? Residencia. De esas modernas en las afueras en las que tienes de todo. Hay un restaurante tan refinado que incluso te hacen llevar babero para que no estropees tu traje de gala, salones con conciertos improvisados de dementes emocionados e incluso una de esas atracciones al estilo más innovador llamada “el pasillo del miedo”. Auxiliares pendientes de ti todo el día, enfermeras vigilando tu tensión regularmente, gimnasio, iglesia, cafetería, modernas habitaciones con camas que se suben y se bajan y vistas al jardín…

Que no, que no, que paso.

miércoles, 20 de julio de 2011

Llegará usted muy lejos

A va a ser rey, pero cuando B mata a C, tiene que irse. Luego, A vuelve para ocupar su lugar y echa a B. El Rey León.

En su trabajo se esforzaba día a día al máximo por ejercer sus funciones con diligencia. Conseguía que se la valorara y no perdía oportunidad de demostrar lo que valía. Daniela era una mujer ambiciosa. No resultaba raro verla revisar los informes de sus compañeros en sus ratos libres y encontraba sin dudar algún pequeño error, alguna mínima errata que también seguro corregía con una minuciosidad y un cuidado impecables.

Llevaba pocos meses en ese cubículo pequeño pero por suerte un poco más luminoso de lo habitual por encontrarse cercano al pasillo por el que mujeres y hombres de mediana edad hastiados de sus 8 horas de trabajo-vida accedían como autómatas al menos una vez al día. Era difícil, además, no fijarse en ella, con esos ojos grandes que parecían siempre vigilantes y al acecho. Cada mañana se la veía impecable, incluso demasiado, y comenzaba a ganarse a los jefes inmediatos y a algún que otro "magnate" que, casualidad o no, se encontraba allí un día en el que Daniela decidió que el secretario de su departamento llevaba a cabo su cometido con un exceso de burocracia y un defecto de rapidez. Explicó su caso de tal modo que parecía casi sin asomo de duda que trataba de justificarle.

-Señorita Martinez, llegará usted muy lejos, se lo aseguro.- Le había dicho Pedro, el director de la sección.

No pasaron muchos días, cuando comenzó a extenderse el rumor de que Javier, el secretario, tan apreciado por todos por llevar a cabo sus funciones no siempre en el menor tiempo posible pero sin duda con una diligencia de soldado, no sería renovado. Daniela fue la primera en manifestarle su disconformidad cuando se confirmó la sospecha, pero también la primera que bajó a hablar con Recursos Humanos. Su sobrina Alba había llevado a cabo unos cursos durante el año anterior que, sumados a la licenciatura que ya había terminado con altas calificaciones, le hacían idonea para el puesto, de tal modo que en menos de una semana la joven se incorporó al equipo.

Daniela, sin embargo, nunca había tenido en gran estima a su sobrina mayor, que se sorprendió mucho cuando recibió la llamada de la empresa citándola para una entrevista. Su entusiasmo inicial la llevó a pensar que su tía podría haberse ablandado con el tiempo y que por fin pretendía reconocer los logros de la hija de su hermana menor, con la que nunca había tenido tampoco muy buena relación. No tardó mucho en reparar en su error. Cada día, Daniela saturaba a Alba con exigencias más y más complejas toleradas a su vez por un jefe que no censuraba ya nada a la espectativa de una jubilación inminente.

Pasaron las semanas y los meses y Alba se fue logrado ganar el aprecio y el respeto de todos sus compañeros, que repetían incansables que el puesto que ocupaba estaba por debajo de sus posibilidades y que debía tratar de aspirar a más. Ella trabajaba incansable incluso satisfaciendo los antojos y caprichos de su tía que suponían un reto cada vez mayor. Cuando llegó el momento de retirarse para Andrés, los 17 miembros del equipo, exceptuando claro está a Daniela, tenían claro quién querían que ocupase la vacante. Pese a su juventud, su gran preparación, su carisma y su seriedad para llevar a cabo sus tareas, posicionaban a Alba como la perfecta candidata.

Pero como esto no es un cuento de Hadas, finalmente fue Daniela la que consiguió el ascenso con el que tanto soñaba, dicen que gracias a Pedro, el magnate de la empresa con el que se sospechaba que tenía un romance. Su joven sobrina no tuvo que irse, pero permaneció como secretaria aún durante bastante tiempo. Y, bueno, la verdad es que aún no se sabe si volverá algún día para ocupar su lugar y volver a poner en orden el Ciclo de la Vida. Pero de momento, así andan las cosas ;)

martes, 19 de julio de 2011

Harry Potter and the Deathly Hallows Parte 2

Ayer hice un stop en este mi periplo... ¿literario? Y es que salí bastante pronto a hacer un recado y por la tarde-noche fuimos al cine. Y sí, lo has adivinado estimado lector (o vacío cibernético, total, si la gente escribe "Querido Diario"...) fui a ver la última película de la saga Harry Potter.

Yo fui una de tantos jóvenes que teníamos entre 12 y 16 años apróximadamente cuando comenzaron a ponerse de moda los libros del que seguramente ha sido uno de los magos más famosos de todos los tiempos. Las primeras adaptaciones a la gran pantalla estaban bastante enfocadas a ese público que, sin ser infantil, aún rondaba los años en los que sus films favoritos seguían siendo los destinados a todos los públicos (TP) Sin embargo, a partir de la 4ª o la 5ª entrega, la saga comenzó a madurar debido sobre todo a las críticas de algunos que decían que Daniel Radcliffe (actor que interpreta a Harry Potter) tendría barba y seguirían tratando de que hiciera "travesuras". No faltaron tampoco entonces detractores que aseguraban que las películas interpretaban de forma demasiado libremente la literatura de J.K.Rowling y que se volvían más oscuras de lo necesario sólo buscando satisfacer al público.

La segunda parte de la adaptación del 7º libro busca en cierto modo retornar a esos orígenes tratando de rescatar a los niños de la nueva generación que se han quedado fuera en anteriores entregas pero a la vez haciendo un guiño al público fiel, entre los que me incluyo. El hecho de que el colegio de Howarts esté como telón de fondo ayuda bastante a conseguir ambos propósitos: el infantil pues el hecho simple de que aparezcan niños ya es un argumento en sí mismo, y el nostálgico, con la aparición de personajes que habían parecido ocultos durante anteriores entregas como Neville Longbottom.

Creo también que la fotografía de la película es realmente buena y a nivel técnico no tiene despedicio. Igual que en la primera parte destacaban las imágenes del cuento de Las Reliquias de la Muerte, resaltan aquí los momentos en el pensadero de Severus Snape con la madre de Potter. Me parecieron, en términos poco profesionales, realmente bonitas.

Por otro lado, sin embargo, me dió pena encontrarme con que la muerte de Voldemort, tan bien narrada en el libro, se mostrara de forma poco espectacular y que pasara de forma casi inadvertida. Y para los más puntillosos, hacer referencia a los parecidos razonables de las batallas de esta última película con la de las Dos Torres de la saga de El Señor de los Anillos.

Pero sinceramente es una película que creo que hay que ver. Y creo que hay que verla en el cine, como todas las de Harry Potter pues aunque los diálogos no sean espectaculares, las imágenes no nos dejarán frios. Para todos aquellos seguidores y adictos a la saga es cerrar una época; y nunca es tarde para todos aquellos que se quieran iniciar en los periplos del famoso Harry Potter. Nos quedamos con un buen sabor de boca :)

domingo, 17 de julio de 2011

Los Veranos de la Villa

Para los que tenemos la suerte o la desgracia de vivir en Madrid y quedarnos aquí la mayoría de la vacaciones, todos los veranos el ayuntamiento de nuestra comunidad prepara un buen número de actividades culturales en los meses entre junio y septiembre. El año pasado pude asistir a una actuación de danza en el Matadero de Madrid y la verdad es que salí de allí encantada. Con la idea de encontrar algo por el estilo he estado ojeando el programa de los Veranos de la Villa 2011 y mi sorpresa ha sido encontrar que en los más de tres meses apenas hay 6 ó 7 actuaciones en el teatro mencionado y, exceptuando 2 de ellas, el resto son infantiles. Algo parecido me ha pasado con el Cine de Verano. Ya he tenido la oportunidad de ir alguna vez al de Príncipe Pío y, si bien es verdad que las películas que se proyectan no suelen ser las más modernas, en anteriores temporadas sí encontrábamos algunas de las más taquilleras del último año. Sin embargo, lo poco que he visto han sido films europeos, argentinos, poca película española y algún que otro éxito relativo de EEUU del último año, pero los menos, pues la mayoría de las proyecciones son especialmente dedicadas a los niños. Una pena que el ayuntamiento este año haya decidido hacer recortes en esta iniciativa que siempre ha tenido tan buena fama y que a priori consideramos de una alta calidad. Los pequeños de la casa siempre son una apuesta segura y el señor Ruiz Gallardón bien lo sabe.

sábado, 16 de julio de 2011

Vacaciones con tu... ¿amor?

Hoy he decidido escribir un artículo al estilo de la revista Cosmopolitan: fresco, divertido, y, en verdad, un poco feminista y superficial. En fin, ahí va:

¡Por fin estás de vacaciones! Han pasado ya varios meses desde que sales con él y habeis recorrido durante el invierno todos los cines, bares de copas y restaurantes de moda que os ha dado tiempo. Incluso durante el mes de julio aprovechasteis para ir juntos a la "pisci" o para compartir un helado en aquella cafetería tan bohemia del centro. Pero ha llegado agosto y la semanita que habíais planeado en aquel precioso apartamento de la playa no está resultando tan perfecta como esperabas...

Ensayo para la convivencia definitiva: Vivir sola a con tus padres está muy bien, pero si planeas tener una vida en pareja, tendrás que acostumbrarte a ciertas cosas y aprender a limar con tacto otras que te resulten desagradables. Por ejemplo, si no baja la tapa cuando va al baño o no tira de la cadena puedes organizar un juego en el que, cada vez que descubras que lo ha hecho bien, le des un pequeño premio... ¡de tu imaginación depende!

Probad a hacerlo juntos: Incluso en poco tiempo, si no estais en un hotel en el que os lo dan todo hecho, las tareas caseras se van acumulando. Fregar los cacharros, limpiar el baño, cocinar... Y es que, depende de lo acostumbrados que esteis a hacer este tipo de cosas, os resultará más fácil o más difícil de llevar. Si tomais estas pequeñas rutinas con buen humor y os proponeis llevarlas a cabo en compañía resultarán de lo más ameno y os ayudarán a pasar más tiempo juntos y conoceros mejor.

No te guardes rencores: Una cosa es que no te enfades con él porque baje a correr a las 7 de la mañana y haga más ruido que un elefante en una cacharrería y otra muy distinta es que trate de despertarte cada día a esa hora para convencerte de que lo acompañes. Seguro que piensas que para una semana es mejor no discutir, pero si te quedas mucho tiempo con alguna idea que no puedes expresar, acabarás explotando. Lo mejor es que le digas lo que piensas sin herirle y también le dejes espacio a él para que te explique cuál es esa manía tuya que le pone de los nervios.

Salid, salid y ¡salid!: Si durante el invierno vuestros respectivos trabajos os atrapan más de un fin de semana, seguramente ahora estéis pecando de caseros, pues es normal que os encante tener un sitio en la que sólo estéis los dos y sin estar pensando que nadie vaya a entrar o a estropear de algún modo el momento. Pero eso en vacaciones, aunque sea sólo una semana y mucho más cuando pasa más tiempo, al final cansa. Por lo tanto, ármate de tu mejor vestido y esos taconazos que hace tiempo querías estrenar y salid juntos a quemar la noche.¡No os arrepentireis!

De cualquier manera, se trata de pasar el mejor tiempo posible y disfrutar al máximo de unos días de sol y playa. Por lo tanto, sea como sea tu chico, no pierdas la paciencia y disfruta al máximo de su compañía.

viernes, 15 de julio de 2011

...¡Y acción!

Aquí comienzo mi andadura por el mundo de los blogs. Espero que no sea igual que en muchos casos que escribes la primera entrada y ya no vuelves a entrar. Para comenzar, me gustaría plasmar aquí un relato que escribí para que le llegara a Sol (más conocida como La novia de papá) y que publicó en su blog de El País.com el 16 de junio:

Mi abuelo materno falleció hace ahora un año. Él fue quien me enseñó a dibujar y a disfrutar de la lectura y de la vida.
Su mujer, mi abuela, tiene alzheimer desde hace cuatro años y él pasó los tres primeros sin apartarse de su lado, igual que había estado con ella los cincuenta años anteriores. En enero de 2010 entraron en una residencia preciosa y él andaba ilusionado: por fin podrían estar juntos con la tranquilidad de saber que ella iba a estar perfectamente atendida. Además, hizo varios amigos y salía a pasear cada día.
Pero esta felicidad poco exigente no le duró: a los tres meses de entrar, salió al hospital y ya no volvió. Y aún así yo creo que tuvo suerte, que tuvimos suerte: yo era su nieta favorita y justo conocí a mi novia medio año antes de que él muriera. Ella es médico y mi abuelo la adoraba.
No hizo falta una explicación, ningún tipo de 'outing': mi abuelo sabía querer y sabía quererme. Por eso quiso a mi chica. El otro día soñé con él y pude contarle que Sandra y yo somos muy felices juntas, que nos vamos a casar. Mi abuelo sonreía en el sueño como en la vida real.
Empecé diciendo que me enseñó a dibujar; ahora sé que también me enseñó a querer, a quererme, a ser feliz.

Aún me quedan por cubrir algunos detalles técnicos, pero por algo hay que empezar. Espero no saltarme la "tarea" de escribir al menos un post diario.