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sábado, 6 de agosto de 2011

Desde mi celda

Lo primero que recuerdo cuando pienso en aquellos días es el olor a café recién hecho por las mañanas. Me despertaba temprano, burlando el calor, y salía a correr junto a Toro, un perro grande y bonachón de raza indeterminada. A veces, se tumbaba en mitad del camino y era complicado convencerle de que se levantara para poder volver a casa.
No eran más de las 9 cuando llegábamos. Desde lejos se veía el gran ventanal del salón, que ya solía estar abierto para que pudiera entrar aire en la casa. Entonces el olor lo inundaba todo. Me quitaba las zapatillas en la puerta y entraba deprisa en busca del café. Esa mañana me crucé con María, que había terminado en la cocina y limpiaba el enorme jarrón que había en la entrada. Me saludó, como siempre, haciendo demasiadas ceremonias.
Después del desayuno, solía ducharme y leía el periódico o hacía algún crucigrama. El verano se preveía largo y además Ana se había tenido que quedar a última hora en Madrid a trabajar, por lo que en la casa sólo estábamos la asistenta y yo. A veces, el día se tornaba eterno, yo no conocía a nadie allí, pues la casa era de los padres de mi novia e iba a ser ese año cuando ella me presentara a sus amigos, a los que, según decía, siempre enseñaba fotos nuestras y estaban deseando conocerme en persona. Poco más de una semana después todo estaba tan limpio que encontré a María buscando algo que hacer sin mucho éxito. Le pregunté si le apetecía ir al cine y, a pesar de su timidez, logró asentir con la cabeza. Era muy joven, le echaba unos 19 años y había contado que venía de Soria.

Cuando estábamos a punto de salir, vi que la chica llevaba la misma ropa que en la mañana. Le pregunté si aún no estaba lista y me dijo que sí, que ya se había duchado. Me quedé pensando y recordé que Ana tenía algunos vestidos que siempre dejaba en el armario de la habitación. Aunque nunca entendí muy bien esa costumbre, me dirigí hacia allí y cogí uno que pensé que le podría valer a María. Lo aceptó a regañadientes, pero diez minutos más tarde salíamos por la puerta.

A partir de entonces, casi todas las tardes íbamos a algún sitio: cenábamos en el puerto o tomábamos algo en el paseo. El pueblo no era muy grande por lo que solía haber un buen ambiente en los restaurantes y cafeterías, que se llenaban sin estar abarrotados. Yo elegía cada día un vestido de Ana y ella conseguía que a la mañana siguiente estuviera limpio y planchado. María estaba cada día más relajada y cuando la besé me devolvió el gesto sin pudor.
Habían pasado más de tres semanas desde entonces y aquella tarde pensábamos coger el coche y llegar hasta un pueblo alejado de la costa que encontramos por internet. Recuerdo que Toro ladraba roncamente mientras yo desayunaba. Cuando acabé el café y subí a ducharme, tropecé con el animal. Estaba tumbado en el hall de la entrada y miraba a María, cuyo cuerpo yacía inmóvil en el suelo. Tenía un golpe en la cabeza que sangraba mucho y a su lado estaba el jarrón que había estado limpiando esa mañana. Lo cogí buscando a mi alrededor algún rastro del asesino y dejando grabadas en sangre las huellas de mis dedos. Fue en ese momento que pude ver cómo Ana me miraba desde el marco de la puerta y luego se alejaba sin dejar mayor rastro de su presencia que sus ojos que me miraban acusadores.   

4 comentarios:

  1. Rico relato !!! cosa rica eso de leer algunos diarios tomando el café !

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  2. Pues yo hubiese hecho lo mismo. Por si acaso que alguien se lo cuente a Carlos.

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  3. Jajaja Ya se lo contaré para que tenga cuidado donde deja los tangas de sus amantes...

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